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El relojero

En mi barrio hay un relojero. Imagino que habrá varios, pero este, el que yo conozco, es un tipo peculiar. Cuando entro en su comercio y le digo buenas tardes y le pregunto si puede cambiarle la pila a mi reloj, masculla un saludo distante, prácticamente incomprensible, y yo imagino que es un hombre antipático, o que llego en mala hora. Pero mientras aparta el reloj que tiene entre las manos y levanta el mío para observarlo de arriba abajo, yo le observo a él y me doy cuenta de que es un hombre extraño, desproporcionado, muy alto y demasiado delgado, con alguna enfermedad que limita su capacidad de movimiento y le ha dejado las manos y el cuello retorcidos como una cepa centenaria. Una mezcla entre Stephen Hawking y el Langui.

Mientras le quita los tornillos a la tapa de mi reloj advierto que, de vez en cuando, un calambre le recorre el cuerpo y llega hasta sus dedos largiluchos: una especie de tic. El segundo tornillo cae el suelo y me pregunto entonces si he entrado en el lugar adecuado, pero bastan dos minutos para darme cuenta de que este hombre es minucioso y tiene una paciencia y una pulcritud en sus movimientos que superan con creces a la enfermedad que los limita. Le veo trabajar y me doy cuenta, en serio, de que mi reloj no podría estar en mejores manos. Entonces me relajo y contemplo cómo procede, encorvado sobre su pequeño tapete, en una mesa repleta de engranajes, manecillas, ruedas y otras piezas minúsculas.

Como la cosa va lenta, me da tiempo también a echar una ojeada al resto del local, que es igualmente peculiar: suenan canciones romanticonas (“Vivo por ella sin saber, si la encontré o me ha encontrado…”) y el ambiente es un poco rancio, un poco recargado, pero sin ninguna estridencia. Sospecho, tal vez me equivoque, que el relojero es un tipo solitario; que toda su vida cabe en ese tapete de veinte centímetros cuadrados donde ahora está mi reloj abierto en canal. Me lo imagino cenando sopa en Nochebuena, solo, delante de una mesa camilla en un cuarto con olor a naftalina y papel pintado, enamorado inútilmente de la vecina del sexto, en quien piensa mientras mira la tele sin ver nada.

Al cabo de un rato intercambiamos algunas frases. Las suyas duran una eternidad, porque la puta enfermedad también le tiene cogido por la lengua. Así que le escucho con paciencia mientras se inclina como un forense sobre mi reloj y me cuenta que lleva cuarenta años arreglando relojes y también que sus colegas, los otros relojeros, le preguntaron una vez cuánto cobra por cambiarle la pila a un peluco de oro. Él respondió que cobra siempre lo mismo, tres euros y medio, sea el reloj de lo que sea, y desde entonces sus colegas los relojeros, que cobran el triple por cambiar la pila si el peluco es de oro, le tienen por tonto. Me lo cuenta y comprendo al instante que el relojero no quiere apuntarse un tanto, no me lo cuenta por lo bueno que este dato pueda decir sobre él; me lo cuenta porque no concibe que alguien cobre once euros por cambiarle la pila a un reloj.

El relojero parece frío, pero es un tierno. Parece torpe, pero es un puñetero manitas. Parece tonto (a sus colegas los relojeros), pero no es nada más –ni nada menos– que un tipo honrado. A estas alturas, mi reloj de nuevo late (o lo que hagan los relojes) y el relojero me lo entrega después de ponerlo escrupulosamente en hora. Le pago los tres euros y medio, me despido y me voy con una sensación extraña, como si le debiera algo más aparte del dinero que le he pagado; como esos pacientes que acaban volviendo a la consulta del cirujano que les ha operado la rodilla con unos bombones o una paletilla ibérica en señal de agradecimiento.

Yo no uso reloj, no podría llevarlo. Este, el de la pila, me lo regalaron unas navidades y lo guardo en su caja tal y como vino de la tienda. Cuando te regalan un reloj, decía Cortázar, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. Yo no llevo reloj. Pero de vez en cuando lo saco de la caja y lo miro con la esperanza de encontrármelo parado y tener así una excusa para visitar al relojero y pagarle tres cincuenta por verle trabajar un rato y escuchar alguna de las frases que luego rumio mientras camino de vuelta a casa.
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Ícaro

En algunas zonas de Castilla sucede a la hora de la siesta que la llanura se vuelve obstinada y el silencio cae sobre las cosas pesado como el plomo. Basta levantar los ojos para alcanzar con la vista la línea del horizonte, sin encontrar a medio camino más que un palomar en ruinas y un arado abandonado, y basta cerrarlos un instante para intuir al hombre de otro tiempo contemplando esa línea tan difusa y definida a la vez, preguntándole al viento qué horrores o qué promesas colocó Dios al otro lado de aquel misterio tan horizontal. Esa incógnita ha ido preñando su estómago de incertidumbre y coraje durante largas jornadas y ahora, al fin, revisa por última vez los nudos, acicala las plumas, comprueba la cera a lo largo de toda la envergadura; luego atravesará el llano corriendo y batiendo las alas hasta que el aleteo recién aprendido consiga elevarlo, arrancarlo del suelo y, por un instante, justo antes de que el Sol derrita la cera y le haga caer, conseguirá alcanzar con la vista el otro lado, más allá de la línea del horizonte, donde apenas hallará nada: un palomar en ruinas, un arado abandonado y otro hombre que late y levanta la cabeza y le pregunta una y otra vez al viento qué horrores o qué promesas colocó Dios a este lado de aquel misterio tan horizontal.
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El Facebook

Se nos va la fuerza por el Facebook.
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Bastardos

Sabed, bastardos, que en la hora más negra, cuando hayáis vendido a dios nuestras almas y hayáis sembrado los campos de sal, cuando al alba ladren los perros y hayáis fusilado al último poeta, la sombra que arrojáis a vuestro paso os buscará las entrañas y será el cieno que ahora os alimenta el que provoque vuestra asfixia: moriréis de avaricia. Sabed, bastardos, que en la hora más negra, cuando hayáis entregado el futuro de nuestros hijos a la bestia que os gobierna y hayáis regado con la sangre del obrero las plazas de los pueblos, seréis cadáveres de tercera y en las mismas bocas de las que hoy nace la mentira, preñadas ya de gusanos, no cabrán vuestras riquezas, sino apenas un puñado de tierra en el que germinarán de nuevo el amor y la revolución. Sabed, bastardos, que vuestro infierno será el más largo porque disteis la espalda al hombre y repartisteis la miseria y por los siglos de los siglos recordaremos vuestros nombres y bailaremos encima de vuestras tumbas y quedaréis en la memoria del mundo tan solo como aquello que ahora sois: una gran mancha de mierda.
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Piruetas

Me doy cuenta hoy de que, consciente o inconscientemente, mi referente en lo profesional siempre ha sido ese simpático personaje que daba volteretas en la plaza mayor de Salamanca y en un cortometraje de Rodrigo Cortés sentenció: "Yo me gano la vida honradamente haciendo el pino". Hoy sé que esta frase, tomada en un sentido metafórico y con toda su dimensión ética y poética, vertebra mis aspiraciones en la vida laboral. Sí señor, yo me quiero ganar la vida honradamente haciendo el pino, a eso aspiro. El hombre de las piruetas ya no cruza la diagonal churrigueresca de la plaza mayor encadenando saltos mortales. A menudo pasa temporadas en un centro psiquiátrico, en parte por otro tipo de piruetas –las piruetas de la mente–, y en parte porque, como es sabido, en este mundo hay más cuerdos en los manicomios que fuera de ellos, así como hay más ladrones en los despachos de los bancos que en el interior de las cárceles. La escuela del mundo al revés, que diría Galeano.
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Una cosa te pido (#1)

Dame un verso con lengua.
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El niño y la casa

El niño camina por la casa. La casa es antigua y señorial, atestada por la voces de los vivos y también por el silencio de los muertos. El niño es apenas un esbozo del hombre que será, tan pequeño, todo por hacer, y sin embargo ya tan perfecto. Camina por el pasillo, vacilante, recuperando siempre el equilibrio en el último momento, cuando ya la caída parece irreversible. Camina sin saber que el fuego quema, que eso no se toca, que lo que se pliega a sus pies en forma de escalera es el abismo. No conoce qué es el miedo; es un ser imcompleto y, tal vez por eso, un poco más libre. A cada rato, manos familiares o extrañas le impiden lastimarse, golpearse con el pico de una mesa, caer, llevarse a la boca alguna sustancia nociva... Le acechan tantos peligros que uno no sabe cómo es posible que aún siga vivo. Ajeno a la vigilante mirada de los adultos, se aleja feliz por el pasillo hacia la parte más oscura de la casa, que parece a punto de engullirlo. Le miro mientras pienso en esto y, por un segundo, me alegro de no ser su padre.
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Pasear

Cada vez lo hago menos, pero me gusta revolcarme por la hierba (o subir –como diría el otro– a dar una voltereta a la azotea) y después, con las terminaciones nerviosas meciéndose como un ejército de girasoles que buscan la luz, salir a la calle a pasear, el vidrio en los ojos, el tiempo en el bolsillo interior del abrigo y diez euros en calderilla para tomar dos cervezas antes de volver a casa. 

Zarpar sin rumbo desde el quicio de la puerta hacia los ramales atorados de gente, a pie, sin prisa; arrojar el esqueleto a la riada de huesos que son las calles de la ciudad a las ocho de la tarde y dejarse naufragar.

Se aguzan los sentidos con la hierba, se activan todos los sensores, se yerguen las antenas. El cuerpo entero es un enorme receptor por el que entra el mundo. Todo es más intenso y más hermoso y aumenta el placer que producen las pocas cosas que aún producen placer. Soy un enorme clítoris que anda; me estremece la música o las luces; divago a la deriva. Miro los zapatos de los escaparates, luego mis zapatos, luego los zapatos de los otros, y pienso que hay dos tipos de personas: los que se pisan los zapatos, o sea los que con un pie se pisan el otro pie mientras están sentados, concentrados o nerviosos, y los que jamás lo hacen, ni lo harían ni lo harán. Un político jamás se pisaría los zapatos, ni un banquero. Supongo que hay una ley natural. Quiero decir, supongo que este hecho viene regulado por cosas como la neurología o el horóscopo.

Esperar a que las calles se vacíen y seguir remando entre pórticos del siglo XV y fachadas platerescas; arrastrarse bajo el silencio medieval de los arbotantes y los farolillos y terminar encallando en cualquier bar de mala muerte, donde entre ruido de vasos una mujer coge su guitarra y canta un fado. Enamorarse de la guitarra, del fado y hasta de la mujer, justo cuando cierra los ojos, se pisa un zapato con el otro y dice Vem saber se o mar terá razão. Salir del bar y tardar diez años en volver a casa, oyendo cantos de sirena donde solo pasan ambulancias, a riesgo de que cuando uno entre y solo los perros le reconozcan sea, tal vez, demasiado tarde.
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Martes

Después de cenar, represento la función del día. Realizo un simulacro de felicidad cotidiana, felicidad con minúsculas. Preparo medio litro de zumo de naranja, me fumo un cigarrillo y leo un libro sin respirar. Me empacho de vitamina C, de galletas de chocolate y de prosa descarnada. Una felicidad de aquí te pillo y aquí te mato y cada uno, mañana, que se despierte en su propia cama. Los otros, mientras tanto, representan sus propios dramas, duermen solos en cavernas amuebladas por el eco o lloran una soledad recién inaugurada o ríen viendo la tele o representan sus personales e intransferibles simulacros de felicidad cotidiana o...

Mientras me fumo otro cigarro un perro se muere solo, de frío o de viejo, a setecientos kilómetros de aquí; y este hecho me conmueve, no como si fuera mi perro, sino simplemente como le puede conmover a uno la muerte de un perro. Me conmueve también que quedan otras cosas, pero el tiempo es un gran antídoto contra el optimismo y, con los años, es cierto que uno cada vez se conmueve menos con las cosas buenas.

El protagonista de la función de hoy no soy yo, jamás soy yo, no es el perro, no son nunca los otros, sino esta soledad que hilvana sus vidas y la mía; una soledad que va mucho más alla del mero hecho de estar solos. Una soledad-cáncer que nos devora por dentro y por fuera. Mucho más por dentro que por fuera.

Y eso es todo, aunque la soledad, como dice Panero, sea imposible: está llena de fantasmas.
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Más vale lo malo por conocer que lo bueno conocido

Hace ya más de cien años que dejé de hablarme con el Altísimo. Decidí que nuestros caminos debían separarse y que lo mejor era terminar con aquella relación de conveniencia. Evocando a las grandes damas de otras épocas, mi madre, la pobre, que como es de ley quería lo mejor para su hijo, decició una vez que lo más recomendable sería arrimarme a una persona de buena reputación, conocido en el pueblo (al menos de oídas), respetado y con poder: el mismísimo Todopoderoso, ¡un verdadero braguetazo! Así que, sin preguntarme, un día me vistió de domingo y me dejó en mitad de un montón de desconocidos tarados que suplicaban perdón de rodillas por haberse acostado la noche anterior con sus respectivos cónyugues y cónyugas sin intención de procrear.

Por tratarse de personaje tan relevante y convencida de que el resultado sería positivo para mí, no le debió importar (a mi madre, digo) dejarme en manos de un viejo al que ni siquiera había visto, un prepotente solterón y holgazán –seis días dicen que ha currado en toda su eterna vida; a partir del séptimo se tumbó a descansar y hasta hoy no le ha dado ni por cambiar una bombilla o encalar un techo en esta choza donde pronto no cabremos–, y del que además se cuenta que es inmortal, con lo que hubiera resultado estúpido esperarse a que el viejo palmara para poder trincar algo de su goloso patrimonio (¡dicen que es dueño de TODO...!).

Total, a lo que voy, que desde el día en que me harté y le mandé a hacer puñetas no hemos vuelto a hablarnos y solamente le tengo en cuenta como lo que es, un personaje de ciencia ficción nacido de los insomnios del ser humano. Me da poco más que para escribir algún cuento fantasioso donde ejerce de déspota empeñado en joder al pobre Adán (y sobre todo a la pobre Eva), para mentar su nombre en algún refrán o chascarrillo popular o para cagarme en su puta cara cuando necesito aliviar mis tensiones.

Pero lo que me desconcierta es pensar que medio mundo siga metido bajo sus faldas e intentando convencer al otro medio de que haga lo mismo, y que, ante la certeza de que aquí estamos de paso y la disyuntiva entre él o el Diablo, del que apenas se sabe nada, prefieran pasar el resto de sus muertes junto a un tipo que en su único encuentro 'documentado' con la especie humana nos expulsó del Paraíso y nos condenó a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Nada más que por robar una puta manzana: todo un ejemplo de misericordia.

Personalmente, me quedo con el Infierno (¡y que sea lo que dios quiera!).
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Kit de emergencias

En la vieja casa, llena de trastos, llama la atención una tablita a la que están amarradas tres velas y una caja de fósforos. "Kit de emergencias" reza la madera con una esmerada caligrafía. Las velas están intactas y se aprecia que la caja de fósforos ni siquiera ha sido abierta. Los tres cirios han sobrevivido a las tormentas y los apagones, pero, mientras las contempla, Marcial se pregunta si hubiera sido conveniente prender una de aquellas mechas para conjurar el dolor. ¿Habría servido una llama para espantar la enfermedad, para impedir que una muerte a destiempo se llevara a quien más quería? ¿Tendrían algún poder contra la soledad, la tristeza o el cansancio? Marcial sospecha que no y se pregunta si todos esos reveses no serán simplemente parte de la propia existencia. Está convencido en ese caso de que la misma vida debería considerarse una emergencia y que si aquellas velas no estaban preparadas para protegerle de ella no deberían venderse sino como cirios para las tormentas; nada más. De todos modos, demandar al fabricante sería una aventura para la que no se siente con fuerzas, por lo que se conforma con encenderlas y esperar a que el fuego consuma al menos los recuerdos. Mientras las tres llamas bailan en el centro del salón, Marcial coge un libro de poemas y lo abre al azar. "No hay más cera que la que arde", dice el poeta.
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Temprano

Por las mañanas, temprano, las ciudades transpiran tristeza. De las afueras hacia el centro, por las calles recién regadas, camina una procesión de gente que arrastra pegadas a sus legañas todas las frustraciones del pasado, el desasosiego de una noche mal dormida, lo que pudo haber sido y no fue…

La alegría, al menos en las grandes ciudades, no sale a la calle hasta bien entrada la tarde. Entonces sí: el sol riega los tejados, las parejas caminan de la mano y se detienen a morderse los labios junto a las farolas y en los parques; los niños corren y llenan el aire con sus gritos; los mayores dejan atrás una cadena perpetua de facturas y albaranes, de uniformes y horas extras mal remuneradas, y todo el mundo se siente un poco más libre… Pero por la mañana, temprano, hay un silencio en las calles que es casi una amenaza de muerte, y la gente camina con la cabeza baja y con miedo de volver la mirada atrás, como si algo indefinido les persiguiera con las peores intenciones.

Sólo los que regresan de la borrachera y el desenfreno son libres a las ocho de la mañana y, porque lo saben, observan burlones a los que acuden en silencio a sus puestos de trabajo, les increpan, murmuran sus maldiciones de borrachos y continúan su camino tortuoso hasta un sueño más cercano al coma que al descanso, o hasta el único garito que se salta a la torera los horarios de cierre, en busca de un desayuno a base de ron de garrafa y morreos de baratillo.

Bendito sea el que vuelve a casa silbando cuando tocan diana para el resto de los mortales y nos levanta un dedo descojonándose de risa, los zapatos en la mano, meándose en los charcos y en la responsabilidad y en los horarios y en la puta madre que parió a los relojes. Bendito sea, aunque mañana tenga que calzarse un traje de Zara y se tome dos termalgines mientras se mira el peluco y piensa que nunca llegarán las siete y que quizás haya llegado ya el día de sentar la cabeza de una vez por todas.
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¿Nos cortamos las venas o nos las dejamos largas?

Muchas veces me he planteado que cabe la posibilidad de que todo lo que asumimos como cierto, todo lo que hemos concluido a través de la ciencia empírica y hemos elevado a la categoría de irrefutable podría ser falso.

Ayer observaba a la gata jugando con un pequeño alambre negro. Sin duda, lo que para ella resultaba emocionante era la idea de que aquella cosa estaba viva, pues al tocarla con sus patas y su hocico el pequeño hierro se retorcía y se movía, y en la mente simple, limitada del felino, eso era una prueba de que se encontraba ante un ser vivo con el que podía jugar, lo cual le provocaba la misma excitación que cuando oye piar a los pájaros o persigue a algún insecto. Pobre bicho, pensaba yo, y al mismo tiempo sentía la certeza de que, de ese mismo modo, todas las percepciones que los humanos asumimos como irrebatibles podrían ser nada más que una enorme equivocación.

La inteligencia del ser humano es con mucho superior a la de un felino (palabra de Perogrullo, si bien es cierto que muchos ejemplares de nuestra especie no llegan a cumplir esta premisa), y se puede afirmar incluso que la inteligencia del ser humano está más desarrollada que la de cualquier otro ser vivo de todos los que pueblan la Tierra. Por lo tanto podemos afirmar que somos los 'bichos' más listos del planeta. Ahora bien, eso no significa que nuestra inteligencia sea ilimitada. Nuestra capacidad mental será superior a la de un gato, pero evidentemente es limitada. Y si nos pasamos el día hablando de un universo infinito que se expande en medio de no sabemos qué otra 'cosa', de once dimensiones, de universos paralelos... será lógico pensar que en realidad no tenemos ni puta idea de lo que somos, no alcanzamos a saber de qué formamos parte. Seremos los más listos a bordo de esta bola a la que siendo fundamentalmene de agua llamamos sin embargo Tierra, pero seguramente no seamos más que el equivalente a nuestras amebas en aquello que hay más allá del universo, del cosmos, de la curvatura del espacio-tiempo... y para lo que no tenemos ni siquiera nombre. No creo que sea para nada significativa la diferencia entre lo que alcanza a comprender un ácaro más allá de su molécula de polvo y lo que alcanzamos a comprender nosotros más allá de lo que creemos que comprendemos.

¿No puede ser, por tanto, que todo lo que creemos que la especie humana ha analizado, averiguado, comprendido, sea una gran patraña sin sentido? Durante siglos hemos vivido en el error de pensar que la Tierra era plana, o en el de creer que nuestro planeta era el centro del Universo y alrededor de él giraba todo lo demás... ¿Cuántas cosas de las que ahora consideramos incuestionables, en la disciplina que sea, serán también falsas? Tal vez, y aunque parezca un disparate, sería más útil renunciar al conocimiento, dedicarnos a fumar hierba y a hacer el amor en las praderas en lugar de intentar comprender lo inalcanzable como quien trata de vaciar el océano con una cucharilla para el postre.

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Una canción desafinada

Entro en el blog sin tener nada que decir, como el que mete las manos en los bolsillos y rebusca sabiendo de antemano que no guarda nada en ellos. Repaso las últimas entradas y escucho la versión de 'La casa por el tejado' que subí el otro día. Descubro que es una auténtica basura. No hay nada como mirar las cosas desde una cierta distancia para verlas más claramente.

El domingo le dediqué unas cuantas horas a 'sacarla', ensayarla, grabarla..., con entusiasmo, con la sensanción de que hacía algo en cierto modo interesante. Ahora veo que no es más que un gran desatino. No tiene ni pies ni cabeza, no está tocada en el tono que le corresponde, ni con los acordes que le corresponden, ni con el tempo apropiado... No es que esté llena de fallos; sencillamente es aberrante.

Por un momento pienso "la quito y a tomar por el culo", lo cual es bastante sensato y al mismo tiempo cosa sencilla. Pero antes de hacer nada me pongo a pensar en otras cosas y siento una especie de vértigo... ¿Y si de pronto un día, mientras te miras la vejez en el espejo, descubres que toda tu vida no ha sido más que un intento fallido, una canción desafinada?

Me explico... Temo que la vejez no sea más que una especie de 'desdoblamiento' -sirva aquí esta expresión del mundo de lo paranormal- mediante el cual, una vez comprendes que puedes dar tu cuerpo por perdido, el alma emprende camino sola y, libre ya del lastre de las ilusiones, de la emoción que supone el simple hecho de sentirse vivo, acierta a vislumbrar la propia existencia desde una determinada distancia.

Del mismo modo que no es lo mismo un corazón a los ojos de un poeta que a los ojos de un forense, la vida propia no puede verse igual de joven, mientras se vive, que de viejo, cuando ya todo queda a la espalda y solamente la muerte, hija de puta (que diría Neruda), se atreve a mirarnos a la cara.

¿Que ocurre entonces, si llegados a ese punto descubres que toda tu vida ha sido un desvarío, una melodía desafinada? Vivimos solamente una vez y eso es una gran putada, pero ojo, no porque sea insuficiente (a algunos con menos ya les basta y deciden, por ejemplo, volarse la tapa de los sesos antes de que sea demasiado tarde, decisión absolutamente digna del máximo respeto). Digo que es una putada simplemente porque no hay posibilidad de tanteo, de aplicar el método del ensayo y el error, de rectificar... No cabe pensar "lo haré mejor la próxima vez". Tengamos en cuenta cuántas posibilidades hay de hacer mal aquello que estamos haciendo por primera vez. La vida, dice Umbral, hay que darla de antemano por perdida. ¿Qué hacer, entonces, si, ya de viejo, una vez que observas tu vida sin las gafas de estar vivo, descubres que no fue más que un camino equivocado, un tiro al aire, un palo de ciego? ¿Quién puede soportar el peso de semejante responsabilidad?

Dejo aquí la canción. La escucho de nuevo, incómodo, como se escucha una conversación propia grabada en una cinta de cassete, como se lee un poema escrito a los quince años, como se piensa en las gilipolleces cometidas antaño. La escucho de nuevo con una vergüenza que ya no es vergüenza, sino una una nueva sensacion que tendré que archivar en el cajón de la "d", junto con otras variedades de la familia del desaliento.
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La rutina

Se acabó lo bueno. Oigo el despertador gritando que ya es la hora, que hay que ir a trabajar. Se acabaron las fiestas, las comilonas, los viajes, los regalos… Me incorporo en la cama desorientado, camino por el pasillo y me siento en el retrete (a estas horas nunca encuentro ni el espíritu necesario para orinar de pie). Me acicalo frente al espejo y pienso en la rutina. Me viene a la cabeza la historia de un tío que conocí, cuya vida era sota, caballo y rey, quiero decir, siempre lo mismo, dentro de la más absoluta rutina, sin lugar para cualquier pequeña improvisación o alteración en el orden cotidiano de sus cosas. Sin embargo, y a pesar de ser una persona bastante cuadriculada, el tipo era consciente de lo nefasto que puede resultar en la vida una repetición tan meticulosa de los días, y por ello decidió reservar una tarde a la semana para, según él mismo explicaba, romper con la monotonía haciendo algo diferente a lo que hacía el resto de los días. Desde entonces, los martes por la tarde salía impecable a caminar por el parque. Compraba el diario y lo leía sentado en un banco; luego miraba a las chicas pasar, echaba un poco de pan a las palomas y ponía rumbo de vuelta a su casa parando en los escaparates hasta llegar al bar de su calle, donde se tomaba un vino o una caña antes de subir a casa con la agradable sensación de haberle ganado una mano a la rutina. Así durante años y años. Cada martes el mismo diario, que hojeaba en riguroso orden -desde atrás hacia delante- sentado a la misma hora en el mismo banco del mismo parque. Cada martes las mismas chicas, las mismas palomas, los mismos escaparates, el mismo bar; a veces vino y otras veces caña, pero siempre, al subir las escaleras, esa agradable y estúpida sensación de haberle ganado una mano a la rutina.
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La Ley existe

Mi hermano dice que existe una especie de ley universal, una especie de mandato cósmico según el cual, cuando te ocurre algo bueno, estás condenado irremediablemente a pagarlo con algún revés del destino, con algo malo. Él lo llama Ley Universal de la Compensación o algo así, jaja. Bueno, os lo cuento porque he bajado al supermercado a comprar y un vientecillo ha arrastrado un billete de 5 euros hasta mis pies. Como mágico, macho... Y he pensado 'joder que suerte' e inmediatamente me he acordado de mi hermano y su teoría. Bueno, a los dos segundos me he olvidado de todo y he entrado a comprar. Al llegar a casa me doy cuenta de que no puedo entrar porque me he dejado las llaves dentro de casa, y las que tengo en el bolso son las del curro. Gran putada, con la compra en la puerta de casa sin poder entrar. Por suerte tengo en el bolso las llaves del coche y las del trabajo, y allí guardo una copia de las llaves de casa (hombre prevenido...comerás dos huevos), así que estamos ante un mal que tiene remedio. Me abre un vecino para bajar al parking, cojo el coche, me voy al curro y de camino llamo a Jorgín, nos contamos dos bobadas y entro en el trabajo, desconecto la alarma y subo a por mis llaves, pero....tiuuu tiuuu tiuuuuu tiuuuuu ¡Salta la alarma! Me cago en la puta! El último que se fue no puso la alarma y yo lo que he hecho al marcar el código es conectarla, en lugar de desactivarla. Deja de sonar la alarma. Suena el teléfono 'Dígame el código de seguridad', 'No sé el código' '¿Como te llamas?' 'Carlos Peña' 'Buenas noches' Buenas noches'. Cagüenchós (obsérvese que a la segunda pregunta ya dejó de tratarme de usted). Llamo a mi jefe. Comunica. Llamo a mi jefe. Comunica. Llamo a mi jefe y le cuento todo el lío. Me disculpo por entrar al lugar donde me follan todos los días 9 horas a su in-debido momento. Mis argumentos le tranquilizan. No estaba robando. Me vuelvo a casa. Subo. Saco los 5 euros del bolso y los tiro en el pasillo. Entro al baño, meo. Salgo al pasilllo y ¡coño! 5 euros. Hoy debe ser mi día de suerte.
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Con dos huevos!

¿Alguna vez te ha ocurrido que llega la hora de cenar, te mueres de hambre y lo único que tienes comestible en toda la casa son unos huevos pasados de fecha? Seguro que sí. Si no te ha pasado nunca es que, o bien eres alguien muy organizado, o bien sigues viviendo con tus padres (no sé qué es peor...). Si te pasó, y te decantaste por comerte los huevos para saciar el hambre, ahí tienes una muestra de que estás programado para la aventura, si es que aún vives. Si por el contrario antepusiste la seguridad ante todo y preferiste no comerte los huevos y acostarte sin cenar, eres hombre prevenido, vales por dos, pero te cagarás de hambre cualquier día de estos.

Sin duda, lo mejor es conseguir información antes de tomar cualquier decisión a la ligera. Por ello, yo, que me he visto envuelto en semejante situación hoy sin ir más lejos, pensé que lo mejor sería entrar en internet a preguntar si me podía comer o no los huevos, caducados desde hace exactamente diez días.

Y esta es la información que allí hallé, oye:
"...averiguaremos su frescura sin necesidad de abrirlos . Prepararemos un vaso de agua con un poco de sal y meteremos el huevo , si este se hunde es fresco , si se queda entre aguas tendrá 10-12 días también se puede consumir y por ultimo si el huevo flota , será señal de poca frescura y evitaremos consumirlo".
Os puedo aseguar que mis huevos, con perdón, caducados hace diez días, en un vaso de agua con sal se hundían hasta el fondo desde el primer momento, con lo cual 'no pude por menos que' comérmelos. Son las ventajas de que haya científicos en el mundo que consagran su vida a descubrir éstas y otras curiosidades que de tanta utilidad nos resultan al resto de pobres mortales en situaciones críticas. A la cama me marcho bien cenao, por dos duros, y elevado a la categoría de padre y muy señor mío, pues me he comido dos. Una costumbre sana, española de toda la vida... Si nuestros abuelos se murieron con noventa años habiendo cenado todas las noches de su vida un par de huevos fritos ¿quién cojones puede decir ahora que eso es malo? El mundo está loco. Eso sí, si Manuel Torreiglesias se equivoca y en diez días no veis ni un triste post nuevo en este blog, venid a sacadme antes de que la gata empiece a comerse mis órganos. En el mejor de los casos, puede que se avecine una diarrea física -que no mental- nunca antes vista.
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Domingo

Despierto de un sueño profundo y hago mi ingreso en este domingo radiante (paradoja pura ésta) bendito por el sol de octubre. Hago un repaso improvisado de lo que será mi tarde después de la paella: sofá y pelis, o sofá y lectura, o sofá y sofá, disfrutando de vez en cuando de un té o de este olor a verde fresco de mis dedos.

De pronto, como aquel que ha perdido las llaves, las gafas o el movil, me pregunto dónde están mis ganas de cambiar el mundo; aunque es cierto que me lo pregunto sin sobresaltos, como si no fuera la primera vez que me percato del extravío. Me refiero a mis ganas físicas, porque mis ganas mentales están intactas: soy consciente de que el mundo es un atentado contra la razón lo mires casi por donde lo mires; me empapo de argumentos a favor de la justicia, de la solidaridad, en contra de la sinrazón, de la avaricica, del abuso de poder, de la infamia, de las armas, de la doble moral, de la mentira y la manipulación, de la cultura basura prefabricada y rancia que nos intenta devorar, e incluso en contra de los que no hacen nada; sé perfectamente quiénes son "los malos" y les odio tanto que podría salir a buscarles a la calle para arrojarles cualquier cosa (¿verdades como puños, palabras como balas, piedras como piedras?). Pero no me muevo.

Me pregunto qué soy exactamente: ¿un burgués? ¿un nihilista? ¿un estupido? ¿una víctima? ¿un verdugo?; ¿qué pasó con mis ganas de cambiar el mundo? ¿las perdí? ¿las olvidé en casa de alguien? ¿las dejé morir? ¿las envené yo mismo? ¿me las robaron?

Le daré vueltas toda la tarde hasta la hora de acostarme. Me dormiré después tranquilo y mañana me adentraré en la engrasada maquinaria del dinero, venderé mi cuerpo y mi mente durante ocho horas desde el lunes hasta el viernes. El sábado me emborracharé disfrtutándo de lo libre que soy y el domingo me preguntaré de nuevo, sin sobresaltos, qué coño ha pasado con mis ganas de camibar el mundo.
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Buenas noches

La lluvia reaparece con un crescendo como de Big Band. Al rato, el cosmos completo se estampa licuado contra mi ventana. La gata se retuerce sobre sí misma en busca de una posición más cómoda en la que continuar su profundo descanso y me mira, quizás imaginando una existencia más humana y menos felina. Yo apuro mi vaso y decido que es hora de marcharse a dormir, pero antes de partir hacia la cama la observo y le paso la mano por el lomo, quizás imaginando una existencia más felina y menos humana. "Mañana será otro día", me dice. Le respondo con un leve ronroneo.
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Matar al cíclope

Los viernes tienen la emoción de que, llegadas las 14,30 h., me doy el gustazo de vencer al ignominioso cíclope con doble procesador Dual-Core Intel Xeon que cada día me observa y me absorbe con su ojo plano de 20 pulgadas, arrebatándome durante ocho horas todo lo que fluye de mi cráneo para dentro. Y así, henchido por la victoria, salgo de la cueva como Odiseo tras acabar con Polifemo, sintiéndome libre al fin, aunque sabiendo que mi libertad he de consumirla preferentemente antes del domingo por la tarde, momento a partir del cual empieza a coger cierto tufillo a jamón de york olvidado fuera del frigo. Pero en fin, menos es nada, y esas horas de asueto las agradece el cuerpo y, sobre todo, la mente. Por eso debe ser que, ya desde media mañana, unas cosquillitas se instalan en la boca del estómago y uno se siente como a punto de dar un salto. "Flop! Ahí os quedáis. A partir de ahora me cago en las tintas planas y en la cuatricromía, en la encuadernación rústica, en el nuevo logotipo, en el offset y en los estucados - ya sean mate, ya sean brillo -, en la foto de portada, en el texto de la intro, en la errata del folleto... ¡A chuparla!, que diría Evaristo".

Y silba-silbando salgo a la calle, me monto en el choche y huyo. Huyo hacia todas partes y hacia ningún lado; huyo de todo, de todos, de todas; huyo sin mirar atrás y sin remordimientos, desesperado, sin contemplaciones, caiga quien caiga y le pese a quien le pese; huyo pensando que esta vez quizá no vuelva ni el lunes ni el martes ni nunca y huyo confiando en que la suerte, puta de lujo, me espere a la vuelta de cualquier esquina.
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Una cosa te digo (#2)

Por mí, puede seguir lloviendo otros cuarenta días con sus cuarenta noches. Correremos descalzos por las calles, nos refugiaremos en las ramas de los árboles y al fin, desesperados, en un capítulo invertido de la evolución de las especies, regresaremos al agua, de donde nunca tendríamos que haber salido.

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La evolución (mental) de la especie

Leo en "Amor y sexo en la antigua Grecia" (Juan Eslava Galán, Ed. Temas de hoy), que la cultura griega, a la cual debemos gran parte de lo que somos, era un canto a la vida, especialmente al amor y a la sensualidad. Era una cultura fundamentalmente hedonista: pensaban que primero hay que buscar la felicidad y luego la reputación; su idea del bien y del mal se regía únicamente por la valoración de lo que puede ser injusto para el prójimo y para la comunidad. Gozaban del erotismo y la sexualidad, que ocupaba un papel fundamental en la sociedad, sin más límites que los derechos individuales. En su lengua no existía ninguna palabra equivalente a nuestro término "pecado". El eros, el amor sensual, era considerado la mayor felicidad del hombre sobre la tierra. Me pregunto si, dentro de otros dos siglos, los hijos de los hijos de los hijos (...) de mis hijos, habrán conseguido librarse por completo de esa lacra que es el cristianismo y su desprecio por los placeres del mundo, y esa horrible exaltación del sacrificio y el ascetismo, ese culto a la muerte y esa idea del pecado y del castigo que se balancea sobre nuestras cabezas como una cuchilla afilada... en fin, de esta podredumbre mental que nos ha jodido la vida (a todos en general, pero muy especialmente a las mujeres) durante dos mil años y que demuestra que no sabemos de lo que hablamos cuando decimos "evolución".
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La tieeenda en caasaaaaaaaa

He descubierto 'la teletienda'. Es muy grande. Si nadie te quiere porque te han salido pelos en las orejas, vives sólo y no concilias bien por las noches, teletienda es tu amiga. La mejor franja horaria de la pequeña pantalla, sin duda alguna. El domingo me pedí un exprimidor de zumos que es una barbaridad. Metes una manzana y en dos vueltas de muñeca te deja el zumo en el vaso, y la piel y las pepitas en un recipiente, para tirar. A las uvas les quita la piel y las pepis y te da sólo lo bueno. Las naranjas ni te cuento, casi con colocarlas al lado del exprimidor se convierten en zumo fresco natural y recién exprimido. Es el mejor invento después del bocadillo de trisquis. Además lo anuncian dos guiris que explican el proceso paso a paso veinticuatro veces seguidas (sin cortes publicitarios!!) y si un día estás jodido o te sientes solo les puedes llamar y vienen a casa a tomar una birra (o un zumo). Además, es de las pocas empresas que se adelantan a tus expectativas: el exprimidor lo compré el domingo y me dijeron que tardaba unos ocho días en llegar. Ahí está, en mi cocina, y hoy es martes. Pídele ese respeto a Telefónica, o al fontanero, o a tu mujer... Imposible. Te lo digo, no le prestamos la atención que se merece. Hasta hace unos días me hubiera reído si me dice alguien que iba a pedir una movida al teletienda, y hoy mira, el tío más feliz del mundo. Me piro. Que en Telecinco está a punto de comenzar.

Os dejo con un tema tremendo: "la tristeza de un electrón", la historia de amor más triste jamás contada, de la mano de Prin La La, aunque este tema lo compuso hace ewkrjoenta años Junior Morales (!!!) (los Brincos, Juan y Junior, el marido de Rocío Dúrcal) para que la cantaran sus hijos Antonio y Carmen. Por cierto, no hay manera de encontrar esa versión original, si alguien la encuentra en los discos de su madre que me avise o me la mande (la canción, digo).

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Mi día de suerte

Hoy debe ser mi día de suerte... Es sábado, no tengo que ir a currar, fuera llueve, tengo todo el día para gozar de mi tiempo. He dormido de puta madre en esta casa que generosamente me ha pagado la Caja de Ahorros del Mediterráneo (bueno, no es que haya sido un regalo, algo les tendré que devolver, pero aún así es un detallazo por su parte). He desayunado tranquilamente, me he quitado el polvo y he estrenado una camisa y mis patillas nuevas (cojonudas, por cierto, aunque esté mal que lo diga yo). O sea que salgo hecho un pincel a desgastarme los zapatos y la salud caminando y tomando cañas por las terrazas de los bares hasta que me canse y decida cambiar de tercio. En fin, que para colmo de mi gozo particular, recibo un sms que reza "Enhorabuena! M Television te ha seleccionado para poder recibir un sueldo de 1500 euros al mes durante todo un año! Para que sea tuyo llámanos ahora al 905889456." Guuuaaayyyy! De puuutttaaaaa maaaddrreeeeee!! O sea que ya no tendré que currar en el resto de mi vida. !! Que suertaza la mía. En este país se deben pensar que todo el mundo es retrasado mental. ¿Cómo se puede ser tan hijo de puta de enviar estos mensajes engañosos y cómo es posible que la ley lo permita y el pavo que hace esto no esté en la cárcel?

Pero bueno, hoy es mi día de suerte, así que no me enfado. A lo mejor tengo tanta suerte que me cruzo a este tío por la calle y le puedo decir "Enhorabuena! Has sido seleccionado para que recibas una manopla de hostias que te dejarán como te mereces, por hijodeputa y malnacido estafador. Y no hace falta que llames a ningún número, que te las voy a dar yo aquí mismo."
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Lección casera de hedonismo (#2)

Si el placer no viene a nosotros de motu propio, o lo buscamos pero no tenemos éxito, siempre podemos crearlo. En esta lección veremos como se puede fabricar el placer con los ingredientes más básicos, los que tengamos más a mano. La idea fundamental consiste en crear una necesidad que podamos satisfacer de manera inmediata y sin restricciones. Lo ilustraremos con un ejemplo práctico: compre unos litros de cerveza y una bolsa grande de torreznos fritos. Comience comiendo torreznos hasta que note una pelota en el recorrido del sistema digestivo. Le aseguro que le apetecerá cerveza fría, justo lo que tiene en el frigorífico. Beba cerveza hasta que desaparezca la pelota. En unos instantes le apetecerá de nuevo comer torreznos. Coma hasta notar de nuevo la pelota y a continuación satisfaga su sed bebiendo cerveza fría. Si le vuelven a apetecer torreznos…¡enhorabuena!, ya ha creado el bucle mágico. Hemos de puntualizar que los ingredientes pueden variar en función del gusto del individuo. Con la práctica llegará a conocerse y a comprender el funcionamiento de sus apetencias. Cuando ya no sepa si le apetece más cerveza o más torreznos, o cuando sienta que está a punto de reventar de placer, abandone el experimento. Seguir podría resultar peligroso.

Cuando se convierta en un experto podrá experimentar el máximo placer creando un bucle múltiple con los ingredientes que prefiera o entregarse al placer supremo haciendo en cada momento lo que más le plazca. Un ejemplo: enciérrese un fin de semana en casa. Comience por ejemplo con los torreznos y la cerveza. Cuando dude si le apetecen más torreznos o más cerveza, averigüe qué otra cosa de las que tiene en casa le daría placer, por ejemplo, un té. Tómese el té. Fúmese un peta. Lea. Encienda la tele. Vea una peli. Pique unas aceitunas. Fúmese otro peta. Beba un refresco. Mastúrbese. Lea de nuevo. Escuche música. Prepárese un cubata y tome un baño (mientras puede fumarse otro peta). Vístase y piense por un momento que es martes y que tiene que ir a trabajar. Olvídelo y piense que no, que es sábado, que no tiene ninguna obligación. Quítese la ropa y coma algo, tómese un té, fúmese otro peta y métase en la cama. El fin de semana se ha acabado. Mañana hay que currar. Cuando esto ocurra se sentirá mal: es el precio del placer.

Quizá desconfíe y esté pensando “Este pavo es gilipollas”, que es lo que pensaba un servidor mientras redactaba esta exposición. Pero piense un instante que si la publicidad y la sociedad de consumo funcionan en base a un mecanismo similar (aunque mucho más retorcido, pues nos hace desear lo que no tenemos) y ha conseguido convertirnos a todos en esclavos, algo de razón tendré.
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Lección casera de hedonismo (#1)

La noche antes del sábado o del domingo, cuando no tenga que ir a trabajar, póngase el despertador igual que todos los días, a la hora en que suela levantarse para acudir al trabajo. Cuando suene, apáguelo y diga “Hoy no voy, no me sale de los cojones”. Métase de nuevo en la cama. Se sentirá el hombre más feliz del mundo.

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Una cosa te digo... (#1)

Si la soledad fuera inflamable, una sola chispa bastaría para poner fin a este mundo.
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Sorpresas te da la vida

Asisto a la discusión entre dos personas con distintas creencias religiosas. Uno es cristiano; el otro musulmán. Cada uno escucha respetuosamente la exposición que hace el otro acerca de las ideas que conforman su doctrina y su fe. Al cabo de un rato la conversación se vuelve muy divertida. El cristiano se sorprende al saber que el musulmán ha de rezar cinco veces al día orientado hacia la Meca y con nosecuantos huesos de su cuerpo tocando el suelo. El musulmán, por su parte, se sorprende cuando el cristiano le habla del misterio de la Santísima Trinidad, según el cual Dios es uno y al mismo tiempo son tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El cristiano está asombrado (casi fascinado) ante el hecho de que el musulmán pueda contraer matrimonio con cuatro mujeres a la vez y manifiesta con aspavientos su desconcierto cuando el musulmán le explica que, según su fe, todas las personas de este mundo resucitarán en cuerpo y alma algún día, y volverán a vivir felices, todos con la edad de treinta y tres años. Ante lo curioso de esta última coincidencia respecto a la edad de todos los resucitados, el cristiano expresa cierta burla, que ofende al musulmán, sorprendido de que el Dios cristiano no pueda hacer lo mismo por nosotros, habiendo sido su hijo capaz de resucitar a Lázaro como cuentan las sagradas escrituras.

En medio de tanto asombro, me doy cuenta de la sorpresa que me produce estar recién levantado a las tres de la mañana, esperando un autobús y escuchando las sandeces de semejantes pazguatos.
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Se abre el telón

Tengo un blog. Cada noche, antes de acostarme, abro las cortinas, me subo a la tarima, me desvisto y os enseño mis vergüenzas. Río si estoy contento y lloro cuando estoy hasta los mismísimos, aunque debo confesar que a veces me hago el triste con nocturnidad y alevosía, y otras veces, la sonrisa que llevo dibujada con carmín, rotulador o vino de rioja no hace más que esconder una mueca de aburrimiento supino. Pero en fin, me bajo los pantalones y veo a la gente pasar; unos miran, otros pasan sin mirar; es lo de menos. La cuestión es que por un rato grito con la boca cerrada, y aunque todos piensen que me observan, soy yo el único que no pierde detalle. Así que aquí se quedan, sin que digáis palabra, vuestra alegría, vuestras penas, vuestras miserias, vuestro alborozo... yo, por mis partes, recojo; mañana será otro día. Pasad. Es vuestra casa.
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Mi ateísmo

"Mi ateísmo se enciende cuando la creencia privada se convierte en un asunto público y cuando, en nombre de una patología mental personal, se organiza el mundo también para el prójimo."
Michel Onfray, Tratado de ateología, Ed. Anagrama, 2006.

Aquí dejo un formulario por si a alguien le interesa "desapuntarse". Es válido se rellena, se envía y te borran de entre los que van a heredar el reino de los cielos: Apostatar
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Un mal día

Como cada mañana, me levanto, me quito el polvo, me siento unos minutos delante de las noticias, me hago a la idea de que hay que vivir aunque no esté muy claro por qué ni para qué, cargo en mis bolsillos las nostalgias, los deseos, los terrores y salgo a las calles. Arrastro mi gran roca particular, castigado por los dioses, como un Sísifo con vaqueros y gafas de sol, montaña arriba, hasta llegar a mi confortable celda del siglo XXI. Me pongo la máscara y me asomo a una ventana de 19 pulgadas, siempre con la esperanza de que entre algo de aire, y siempre descubriendo, como si fuera la primera vez, que sólo es un paisaje pintado en la pared, que no hay ventana, que desde mi celda no puedo ver el mar. Cada jornada, el mismo camino, la misma roca, el mismo esfuerzo inútil, la misma máscara, el mismo sinsentido.

De regreso, paseo por el parque, me siento junto a un viejo que mira al frente desde un banco. No cruzamos palabra, pero por las lágrimas que asoman en sus ojos de viejo sé de su devastadora soledad. Luego se levanta, coge un taca-taca y camina arrastrando los pies. Es el ejemplo más claro de una derrota injusta y despiadada. Ya de camino a casa, me cruzo con un grupo de 'disminuidos', unos con problemas físicos y otros de caracter psíquico. Sobre cuarenta sillas de ruedas desfila una pequeña muestra de las putadas que le pueden tocar a uno en la vida: deformaciones, problemas de movilidad, musculares, respiratorios, de huesos, del habla, episodios maníacos, depresión, ansiedad, enuresis, hiperkinesia, rasgos obsesivos, pensamientos delirantes... Una baraja completa de calamidades.

Al llegar a casa recaliento las sobras de la comida y veo en la tele unas declaraciones del presidente Bush: "Irak es ahora un lugar en el que la gente puede reunirse libremente y expresar sus opiniones, y veremos muchos más progresos en el futuro." Los 600.000 iraquíes que han muerto desde la invasión de EEUU en el 2003, digo para mis adentros, también deben de pensar lo mismo.

Me acuesto pensando que no concibo que un creyente pueda perdonarle a su dios todopoderoso semejante chapuza, semejante maldad, semejante insolencia y sobre todo que tuviera los cojones de sentarse el séptimo día a descansar.

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I can't get no...

Cuando tenía 10 años quería ser mayor, fundamentalmente para fumar y tener novia. Cuando tenga 50 lamentaré no tener de nuevo 10, no habré conseguido dejar de fumar e incluso es posible que quiera estar solo.

Cuando era buzo soñaba con ser pájaro y cuando conseguí ser pájaro descubrí que el vértigo no es tener miedo a las alturas sino una desazón mucho más profunda, y deseé con fuerza volver al agua.

Cuando sepa lo que quiero ser, será, seguro, demasiado tarde.

Cuando las barbas de mi vecino vea pelar, con mi traje de domingo, guapeao, saldré a la calle a tirarles a los malos verdades como puños, palabras como balas, piedras como piedras.

Cuando canto, mi mal espanto; tú hazte un porro mientras tanto.

Cuando se me acabe la paciencia desapareceré sin dejar ni siquiera un post-it despidiéndome del mundo. Buscadme en el país de los insatisfechos.
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Viernes, pero llueve

Por fin viernes! el tiempo por delante... para bailarlo, para fumarlo, para beberlo, para gozarlo al fin! Sin embargo llueve, y esa lluvia deja en el aire una extraña desazón, una pena que al mismo tiempo es de todos y no es de nadie. La tierra absorbe la lluvia, absorbe esa pena, absorbe todos los pasos de toda la gente. Y son demasiados pasos. Después de la lluvia el cuerpo queda como cansado, la tierra ya no es la tierra seca que fue en la mañana, es una especie de fango indeterminado donde nacerá el pan del invierno que viene. Los pájaros, simplemente, no están en ninguna parte... La gente viaja de un lado para otro, la cuestión es cambiar, salir del agujero donde pasamos los días de diario, los momentos mediocres entre archivadores, facturas, pantallas de 19 pulgadas, lapiceros Faber, la comida de mañana, la bronca de ayer... La gente huye de no se sabe muy bien qué, de no se sabe muy bien quién, tal vez cada uno escape de sí mismo, pero todos regresarán el domingo, aunque esta vez haya puente, y el domingo caiga en martes, pero igual será un maldito e inmerecido domingo.
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El tedio

"Devastado por el tedio, ese ciclón al ralentí" E. M. Cioran
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Un impasse

Por un descuido golpeo mi pie desnudo contra la pata metálica de una mesa. Desde el momento justo del golpe tengo la certeza de que un fuerte dolor se avecina irremediablemente, de que el momento fatal está a punto de llegar, aunque aún no siento nada. Son cinco segundos entre la nada y la catástrofe, un breve impasse en el que imagino el tormento que aún no siento, y pienso que, en el reloj con mayúsculas del universo, eso y nada más que eso, es la vida.
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